Los políticos que no quieren serlo

Es habitual oír hablar del mal momento de popularidad por el que pasa la política. Probablemente dedicar parte de tu vida al servicio público ya no tenga el glamour que tenía antaño, la clase política ha desmostrado estar formada por seres humanos que cometen errores (algunos más que otros) y es común que votantes o militantes de partidos políticos no compartan esa parte de su vida con su entorno.

Lo que ya no es tan normal es lo que nos hemos encontrado hoy leyendo la prensa local. Mar Sánchez, una reconocida atleta ibicenca que se presenta a las elecciones formando parte de la lista popular al Ayuntamiento de Eivissa, declara a un periodista: “Mis ideas políticas no vienen al caso. Es algo personal que queda en mi ámbito familiar y personal”. ¿Cómo puede la ideología política de alguien que se presenta a unas elecciones no venir al caso?

El PP nos tiene acostumbrados al menosprecio de la acción política, después de todo, son ellos los que nos intentan convencer de que “todos somos iguales”, “que la ideología no importa” y que al final todo queda en un “qué hay de lo mio”, pero que uno de los miembros de su lista (afiliado o no) considere que sus ideas no tendrán nada que ver con su gestión desmuestra que, o no se atreve a decir cuales son sus verdaderas ideas, o le da vergüenza reconocerlas, o directamente no tiene, y no sé que es peor.

Bueno sí, sí sé que es peor, unas páginas más adelante otra candidata de las listas del PP, Edu Sánchez, reconoce públicamente que, no sólo no comparte las ideas políticas de su candidato (¡qué divertido sería verles gobernar y tomar decisiones juntos!), sino que en parte da el salto de la izquierda a la derecha porque después de formar parte de las listas electorales de PSOE-Exc la legislatura pasada no le dieron ningún cargo, y según ella le tocaba. Ole tú!

Yo por mi parte dejaré claro que soy socialista (roja como una rosa hortera en San Valentín o un guiri después de sus vacaciones) y esto no sólo influye y viene al caso de mi actividad política (y mucho), sino de quien soy como persona. Nuestra ideología política no es sólo a qué partido vamos a votar, sino qué opinión merece aquello que nos rodea. Reciclo porque me preocupa el medio ambiente y al contrario que Rajoy me creo el cambio climático, detesto las corridas de toros porque me parece injusto el maltrato al que someten a los animales, creo en los servicios públicos, escucho a Ismael Serrano porque me encantan sus letras llenas de argumentos políticos y por las noches veo al Gran Wyoming, porque me gusta ver como se mete con los de Intereconomía.

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Las campañas

La campaña electoral vuelve a todos los políticos (y no me refiero solo a los profesionales de la política) un poco locos. Durante un par de meses nos esforzamos en demostrar todo lo que hemos hecho en cuatro años de gestión y en justificar lo que no hemos podido hacer. No queda otro remedio, la gente (dicen) tiene una memoria muy corta y hay que recordarles las victorias propias y los errores ajenos.

Ya de por sí, esta carrera contrareloj, resultaba desquiciante vista de cerca y entrañable y llena de anécdotas vista de lejos, pero encima este año las reglas del juego han cambiado. De hecho, ya no existe la precampaña, los dos meses se convierten en 15 días y el resto del tiempo es poco más que una lista larga larguísima de prohibiciones desde el día en que se convocaron las elecciones.

Así que, ¿cómo “vende” uno su gestión sin que esto sea propaganda electoral? ¿cómo publicita a los candidatos que se presentan por primera vez? Los tecnólogos llevamos tiempo intentando mostrar la red como el mejor medio de comunicación directa con el ciudadano, pero ya se sabe que es difícil cambiar las tradiciones (en este caso los grandes mítines y el puerta a puerta). Parece que el cambio de legislación va a conseguir lo que los geeks no hemos conseguido en 10 años en 10 días: todos los políticos han creado y usan activamente perfiles en las principales redes sociales.

Así que si durante el próximo mes sigo distraida y me paso poco por aquí, disculpadme, estaré intentando explicar a que he dedicado los últimos 4 años de mi vida profesional y personal, sin hacerlo ni decirlo.

Por no gastar vuestro nombre

Tengo la mala costumbre de ponerle motes a la gente. Me salen de repente y una vez los he dicho en voz alta me cuesta la vida volver a dirigirme a esa persona por su nombre real. Además están aquellos a los que les traduzco el nombre al inglés o se lo acorto (es más que probable que os lo haga porque el mío ni se acorta ni se traduce), no luchéis contra ello, no os va a servir de nada. Puedo intentar llamarte por tu nombre frente a un gentío, pero no me pidas que mantenga la farsa durante mucho tiempo, porque a los dos minutos se me ha olvidado.

En mi defensa diré que solo apodo a la gente que me cae realmente bien (los que no me caen no me sugieren nada divertido), pero claro, las víctimas no siempre están de acuerdo con su nuevo nombre. Mi hermana, por ejemplo, solo dejó de enfadarse porque la llamase Enana cuando pasó a medir un centímetro más que yo (y ahí se ha quedado), pero eso no es más que una prueba irrefutable de que el problema no era el mote, sino su complejo de inferioridad en lo que a centímetros se refiere.

En cambio hay otros que lo llevan mejor. Después de casi 15 años llamándola Bitxo (sí, con tx) Silvia ha llegado asumirlo tanto que es más fácil que me responda antes si la llamo por su mote y cuando me pregunta por mi hermana siempre se refiere a ella como la enana.

Así que, en resumen, si algún día sentís la tentación de matarme porque os he llamado en público enano, ricitos o algún diminutivo impresentable para alguien crecidito, parad un momento y recordad que os quiero a todos.

La ambrosía del fin del mundo

Antes que nada quiero avisar de que no soy una gran catadora de agua. Siempre creí que la mayor virtud de una marca de líquido transparente es que fuese totalmente indistinguible de otra, pero parece ser que estoy equivocada. El agua ya no es insípida e incolora como nos enseñaban en el colegio. Ni siquiera se trata ya de que las diferencias entre las distintas marcas se encuentren en las diferentes mineralizaciones.

Yo, que hasta ahora me conformaba con que no me sirviesen Aquafina (porque para beber agua del grifo me voy al cuarto de baño), me encuentro ahora con que lo que está de moda en los restaurantes de más prestigio es acompañar la carta de vinos con una de aguas.

Diferentes marcas de agua

Dejando a un lado lo ridículo que a mi me pueda parecer que alguien pague una vergonzosa cantidad de dinero por un botellín de agua con incrustaciones de Swarowski (total, no te vas a hacer un collar con la botella vacía), ¿es que nadie se plantea el perjuicio que esta nueva moda supone al planeta?

Una de las cosas que más me llamaron la atención en mi primera visita a Cuenca es que fuese donde fuese, desde una máquina del hotel hasta un restaurante de servilleta de algodón, me ponían la misma marca de agua: Solán de Cabras. Al principio pensé, que pijos (no es barata), luego me di cuenta, ¿para qué traer agua de otro sitio si tienen un manantial fantástico a la vuelta de la esquina?

Lo que las cartas de agua nos proponen es justo lo contrario, gastar recursos innecesariamente para traer agua de lluvia de la isla de Tasmania. Beber agua de las Islas Fiji no es guay, lo guay es darte el lujo de beber agua del pozo de tu casa, y ahorrarle a la naturaleza todas las toneladas de CO2 que trae consigo el agua de Fiji. La moda de importar agua del fin del mundo llena aviones de botellines de un líquido que debería ser insípido e incoloro. Da que pensar.

Reciclando en exceso

Ayer bajé dos veces la basura, la primera los plásticos, la segunda los cartones. ¿Y la orgánica? No, no tenía orgánica, porque, en realidad, yo vivo sola y apenas cocino. Entonces, ¿a qué viene tanto plástico y cartón?

Packaging

Sencillo, el viernes hice la compra y cuando llegué a casa me encontré con que (como es costumbre) el 50% del volumen de lo que había comprado eran plásticos y envoltorios de todo tipo (o packaging). Eso sí, todos con el simbolo de reciclaje dibujado. ¿De qué sirve reciclar si cada día producimos más desperdicios? La mitad de lo que yo tiré ayer no era necesario para conservar en buen estado los alimentos, era mera decoración o relleno de los propios envases. Una parte era para poder separar la comida en paquetitos individuales, otra simplemente para  que entre mejor por la vista o que nos parezca que compramos algo más grande.

Pero lo que es peor es que hemos llegado a un punto en el que algunos supermercados nos ponen difícil consumir productos a granel, es decir, no envasados. La frutería se ha convertido en una estantería llena de bandejas innecesarias y hay algunos productos que no se encuentran de otra manera. Reciclar se convierte en un parche si en realidad no paramos de producir basura.


Viajar con los ojos cerrados

Siempre he tenido una buena imaginación. No creo que la tele y los videojuegos me la hayan estropeado o se la puedan llegar a estropear a nadie, es más bien algo que entrenas cuando todo lo demás te falla.

Cuando iba al colegio pasaba muchas horas metida dentro de mi propia cabeza. Nunca fue un problema de atención, era algo completamente premeditado. “¿Inglés? No necesito volver a escuchar esto, mejor retomo el sueño que me ha cortado el despertador esta mañana”. Podía darle vueltas a una misma idea durante semanas, meses si era suficientemente buena. Mi cabeza funcionaba como uno de esos cuentos de elige tu propia historia, yendo hacia adelante y hacia atrás para explotar todas las versiones de un mismo sueño.

Tan influenciada estaba por los libros que me rodeaban con 10 años que, cuando ya no podía exprimir más un pensamiento, cuando la espía, la deportista, la cantante o la viajera ya no me aportaban nada durante mis horas muertas, las convertía en personajes y plasmaba su historias en mis libretas. Y como era una desvergonzada, cuando acababa mis libros hacía varias copias y se las pasaba a mis compañeras de clase. Ahí podía haber nacido una editora.

La verdad es que los años no nos cambian tanto, ni la más cruda de las realidades puede sacarme del Matrix que tengo montado en la cabeza. Un poco de entrenamiento y el aburrimiento deja de rondarte para siempre. He cambiado el pupitre por las salas de espera de aeropuertos, los largos en la piscina o la tumbona de la terraza, pero el procedimiento sigue siendo el mismo:

Tres, dos, uno, mmm, en Australia es verano. Desconexión.

 

Domingo

Los domingos no deberían existir. Son aburridos, cortos (no empiezan hasta las 11 de la mañana como muy pronto) y encima todo está cerrado. De hecho, los domingos los inventaron los cines para mejorar su negocio. Es el plan perfecto, algunos son tan deprimentes que puedes llegar a pagar por ver una película de Steven Seagal. O lo que es aún peor, ver la que ponen en Antena3, basada en hechos reales eso sí.

Pero no hay que desesperar, pronto llegará la primavera y el verano y, aunque (espero) seguirán siendo cortos y empezando a las 11, los domingos significarán terracitas, playa y puestas de sol. Mientras tanto habrá que conformarse con jugar al Pictionary y ver nevar.

Autor: J. A. Riera. Fuente: Diario de Ibiza